Parecería
ser que algunas personas son duras de entendederas
y ni siquiera la letra, con sangre les entra.
Son animales que viven chocando permanentemente
con la misma piedra, pero por desgracia son
otros los que terminan llorando sobre la leche
derramada.
Es evidente que para aquellos que juegan a la
ruleta rusa con la vida de los demás,
las tragedias de Hiroshima, Nagasaki, Chernobil
y Fukushima no han sido mensajes lo suficientemente
fuertes y claros como para hacerles comprender
la necesidad de abandonar en beneficio del futuro
común, la locura de la tecnología
nuclear.
Ahora estamos en presencia de un nuevo incidente,
entre tantos que no trascienden, ocurrido en
el almacén de desechos nucleares de Marcoule,
junto al río Ródano y cerca de
la ciudad de Orange, departamento de Gard, al
sur de Francia, 230 kilómetros de territorio
español, y a 370 kilómetros de
Barcelona.
Seguramente que escucharemos las mismas excusas
que en casos anteriores, que es un accidente
menor, sin fuga de radiactividad, que solo provocó
un muerto y cuatro heridos, fuera de ello, no
hay de qué preocuparse, ya que todo se
encuentra perfectamente controlado y que no
hay actividad más segura que ésta.
Quizás los gerenciadores de estas faenas,
emulando al Chapulín Colorado, se digan
para sí: No contaban con nuestra astucia.
Parafraseando a Serrat, cuando dice en “Esos
locos bajitos”: “Niño, deja
ya de joder con la pelota”, a los grandulones
de la burocracia nuclear, deberíamos
gritarle: Dejen ya de joder con las centrales
atómicas y sus desechos.
Por distintas razones, parece que la frecuencia
de los incidentes ligados a estos quehaceres
se está acelerando y el cántaro
comienza a romperse.
En esto no hay sorpresas, estamos en presencia
de una muerte anunciada, ya que la mayoría
de los complejos atómicos existentes
en todas sus variantes, están llegando
al tiempo máximo de vida útil
previstos al momento de su construcción,
muchas de ellas con tecnologías obsoletas
o que en la actualidad el grado de confiabilidad
no es el mejor.
En un mundo convulsionado y estresado por las
urgencias financieras, obtención de recursos
y la lucha por el poder, los imponderables ambientales
y sociales se incrementan y las dudas y las
inseguridades también.
Apremiados por la maximización de ganancias
con el menor costo posible, a la vida productiva
de la centrales nucleoeléctricas se las
hace extender hasta lo irracional e irresponsable,
poniendo en riesgo a millones de personas.
Existe un convencimiento generalizado que la
tecnología nuclear es peligrosa en toda
su génesis y desarrollo, desde la cuna
a la tumba, el albur comienza con la extracción
de los minerales radiactivos del seno de la
tierra, agravado por su traslado, procesamiento
y uso, ya sea en la generación nucleoeléctrica
o en armas de destrucción masiva.
Los residuos, que mantienen en algunos casos,
su nivel de contingencia por años, décadas,
siglos o milenios, incrementan las amenazas.
Este proceso en todas sus etapas, entraña
una cuota de inseguridad, agravada por los errores
e impericias humanas, la merma en la operatividad
y la interacción de fenómenos
impredecibles e imprevisibles, como lo ocurrido
en Japón.
Como diría mi abuelo: “No hay mal,
que por bien no venga” y lo saludable
de todo esto y más allá de los
saldos lamentables, es que muchos en el mundo
han comprendido la necesidad de ir abandonando
esta tecnología más pronto que
tarde y es esta urgencia la que está
imponiendo el desarrollo de nuevas formas de
producción energética, menos agresivas
y contaminantes.
No quiero terminar estas reflexiones, sin dejar
de recordar que un 14 de Septiembre de 1988,
el Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe,
sancionó la Ordenanza Nº 9047, a
instancia de los Concejales Carlos Iparraguirre
y Mario Pilo, que declaró a Santa Fe
“Ciudad No Nuclear” y por la que
se prohibió estas actividades en el ejido
urbano de la misma.
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Esta
iniciativa pionera hizo de Santa Fe, la
primera capital de provincia en ostentar
dicho carácter y abrió el
camino para que gran cantidad de ciudades
y provincias a lo largo y ancho del país,
la imitaran saludablemente.
Es además de desear que esta normativa
fuese más difundida, incorporándose
efectivamente a la educación ambiental,
actividad permanentemente declamada paro
casi siempre postergada en todos los niveles
de la enseñanza de grado.
La norma, que fuera acompañada
por el trabajo de distintas organizaciones
intermedias de la zona, que se oponían
a estos emprendimientos, fue una contundente
respuesta a los intentos del Gobierno
Nacional de empezar a construir una cuarta
central atómica en el sur de la
provincia, en la localidad de Timbúes.
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Lamentablemente parecería ser que hemos
retrocedido en nuestro celo ambiental, ya que
desde esferas nacionales, en los últimos
tiempos y cada tanto, se enuncian proyectos
o la puesta en marcha de realizaciones de este
tipo, sin las explicitaciones y consultas necesarias.
Sin ir más lejos en esto días
se inaugura Atucha II, en el corredor de mayor
densidad poblacional del país.
Los dejo para que lo piensen y me despido hasta
las próximas aguafuertes.
Ricardo
Luis Mascheroni
Docente e investigador universitario
SANTA FE - ARGENTINA