Los
diversos medios alertan y los entendidos en la materia
hacen caso omiso; la mansa serpiente era predecible,
no se atrevería…
Pero… inesperadamente, así como resurgen
las leyendas olvidadas, cobra vida desde la profundidad
acuosa y se mueve… Del letargo lodoso despierta
su bestialidad letal y sinuosa.
En todas direcciones se agita y avanza, descontrolada
en su apetito milenario, molesta y atrevida, crece…Serpentea
entre las barreras de obstáculos naturales
y provocados y crece…; sube, trepa, como entre
ensueños; imperceptible, asciende lenta.
Acecha; despereza su masa mojada sobre los retratos
de los hombres; avanza sobre sus historias, gélida
y hostil, implacable.
Dicen los labios, hablan de oído a oído
como escondiendo el secreto tenaz que los persigue,
que, encarcelada y tullida, mutilada por el germen
urbano del progreso, viene a reclamar su lugar, ese
que le fue arrebatado, esa cuna original extensa y
cómoda que le pertenecía y que poco
a poco le fue quitada…
Y crece… hostiga y se arrastra, se lleva por
delante la vida y el porvenir, los atropella en medio
de la desesperación, los gritos y las lágrimas…;
sisea, se ensancha y abarca, oprime y ahoga, ahoga
y crece..., y la impotencia, crece; gana terreno y
avanza, crece… confusión y oscuridad.
Y cuenta la crónica que cuando cunde la alarma
ya es tarde, lo inverosímil da paso a lo real
y acontece…, acontece y crece… Las culpas
y disculpas ya no alcanzan; desasosiego y descontrol,
muerte y reproches. Un desamparo sin límites
se escarcha en la penumbra de la humedad y el olvido
negligente aquieta la furia del reptil que emprende
la noble retirada después de haberlo probado
todo a su paso… Todo comienzo paulatino tiene
un final previsto que lo condena y estanca y ese día…llegó…
Se escurren por la garganta turbia, pertenencias y
pertenencias, sin nombre, sin tutela; revoltijo y
apiñamiento, desperdicios sin fin, olores nauseabundos…
Y así, baja… se hunde; pasan días
y semanas, se seca…se va…
Llanto, quebrantamiento y destrucción; carencias
de todo tipo rondan la noche, ansiedad contenida,
postergación, hambre, frío, miedo y
dolor, mucho dolor, incalculable tenaz, insoportable…
Y las palabras no alcanzan, el idioma no consuela
y el verbo fenece en su sentido porque no basta y
otra vez, alaridos de dolor aquí y allá…
Una luz, un destello apenas y al rato una llamarada,
desolación permeable que prende en los corazones
y los gana en solidaridad.
Una brisa de amor surgida de todas partes, desde los
confines de la percepción inunda el ambiente…,
transmisiones, búsquedas, rescate e información;
cadenas de manos y sentidos al desnudo entrelazándose,
uniéndose en cruenta diligencia.
Alerta y coordinación y nuevamente, búsqueda
y rescate; encuentros y desencuentros se suceden ininterrumpidamente
jornadas tras jornadas, paso a paso, sudor gota por
gota, interminable…
Y he aquí un ejemplo, uno de los muchos, incontables
como las estrellas de los cielos: - “Me he quedado
solo entre tanto hacinamiento, entre tanta “identidad”
(1) perdí la mía y me refugié
en mis adentros, porque es todo lo que tengo, lo que
perdí y lo que me queda…, mis recuerdos…mis
recuerdos…”-
Liliana
Costa
(1)
El término “identidad” está
usado metafóricamente representando la imagen
de gente agrupada en un mismo lugar; de no ser así
se contrapondría al concepto vertido anteriormente
sobre la pérdida de identificación de
los inundados.