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El texto de hoy...de autores paivenses
 
 

SÓLO TRISTEZAS

Aquí estoy, una vez más, hombre o mujer que me lees. Aquí estoy como hace tantos años, intentando encontrarte en la inmensidad de esta noche de otoño, colmada de viejas tristezas, de llantos furtivos que se deslizan en el presagio del fin de todos los sueños. Noche plagada de tortuosos designios y de sinsabores lejanos que se precipitan desde el amargo recuerdo hacia esta realidad absurda que mis pasos transitan; amarguras que se cuelgan desde luceros perdidos y se lanzan hacia el agónico sentir de mi corazón, que pugna por sobrevivir a los estiletes hirientes que pretenden destruirlo.

Noche tallada de insomnio y desvaríos; de distantes congojas que viajan en el tiempo a la velocidad de un rayo, para revivir en mi desesperanza y en mi hastío, que vuelven a convertirme en el harapiento payaso que siempre fui y del que todos se mofan.

Aquí estoy, como siempre, entregado a esta dulce obstinación de las palabras; a la paz interior que me da la compañía de mi pluma, añeja, gastada de desgramar solo tristezas, a lo largo de toda mi vida. Una ajada hoja de papel, un sucio y seco tintero, el humo destructor de un cigarrillo y la melodía de una vieja canción, acompañan mi pulso tembloroso, que trata de plasmar el dolor de mi alma que va arrancando gemidos sin aliento.

Afuera, el viento recoge las caídas hojas, llevándolas hacia la absoluta nada de sus macabros destinos, la calle se tiñe de desolación y olvidos, añorando lejanas y verdes primaveras y el oscuro rincón de una vereda se pinta de amargo paisaje porque se muere en el recuerdo de los viejos enamorados. Y yo...yo estoy aquí...con la inyección letal de un amor sin tiempos, que recorre mis venas, se mezcla en mi sangre e inunda cada fibra y mis células se van alimentando e impregna cada vital órgano de mi ser. Llega a mi cerebro y se adueña de todas y cada una de mis neuronas y doblega de raciocinio y de cordura que aún le queda a mi mente. Destruye la sensatez de actos justificables y me envuelve en el manto esotérico y tétrico de la incertidumbre. Me paraliza... me idiotiza...me coloca en el último milímetro hacia el abismo...y así quedo, casi robotizado... esperando la orden de mi corazón que deberé obedecer sin preguntar por qué ni para qué...

Así me hallo, hombre o mujer que me lees...resignado a la espera del zarpazo final que termine con la absurda locura de pensar que un día todo será distinto, de que los primeros rayos del sol en la mañana sorprendan al vestigio de una alegría, que descubran la casi imperceptible sonrisa que se dibuja tenuamente en mis sedientos labios, que rescaten de mis cansinos párpados la luz casi apagada de mis ojos; que resequen para siempre mis lágrimas que se duermen en la agonía de los fracasos...

La amarga espera del certero golpe que me vuelva la dura realidad de mis días y destruya para siempre la insensatez de pensar que mi corazón, finalmente, hallará el justo cause que lo desemboque en la plena felicidad...

La idiotez de imaginar que mi destino definitivamente se encaminará hacia donde este sentir espera y desea con absoluta desesperación...

Que mi peregrinar hacia aquel lejano santuario no ha de ser en vano; que las heridas que ello produzca hallarán la simpleza de una caricia para sanarlas...

Y el tibio regazo que anhelan mis sueños, me acunará finalmente con infinita dulzura...

Alguna piadosa mano que quite la venda harapienta de mis ojos, y permita devolverle la claridad de las cosas cotidianas que dibujan a realidad triste de esta absurda vida mía...

Pero aquí sigo... como loco filibustero viajando en esta barca sin timón, ni velas que la conduzcan hacia algún paraje distante; una isla desierta e ignota donde se oculta el incalculable tesoro que busca mi corazón desde hace toda una vida...

Aquí sigo, como perdido viajero buscando anclar su destino; con un pequeño equipaje cargado de algunas pocas esperanzas... algunos pocos sueños que se debaten entre la vida y la muerte... algunas ínfimas ilusiones que aun sobreviven al tiempo y a las insalvables distancias...

Aquí estoy, como un terminal enfermo, intentando hallar algo que alivie su dolor, sabiendo que ello solo prologará su agonía y que el final se acerca… que no podrá escapar… que será inevitable…

Me convierto en tantas cosas en un segundo que tampoco sé qué soy, quién soy, ni qué estoy buscando en realidad…

Soy un peregrino, un mendigo, un pirata, un viajero, un enfermo… y a la vez no soy nadie… no soy nada… porque nada es la respuesta a todas mis esperanzas…

Sólo estoy aquí sentado, inmerso en el abismo de esta soledad que asiste a mi alma, como un maldito reo que aguarda la hora de su ejecución…

Aquí me hallo, con mi vieja pluma desgranando cada lágrima secreta que se oculta en lo más profundo de mi ser; transformando en palabras este sentir absurdo y obsecuente que me conduce inevitablemente a la desolación y al fracaso; hilvanando frases incoherentes que sólo traen más incertidumbres a mis ideas…

La noche se ha ido, las primeras luces del albor se posan en mis párpados y pareciera que mil años le caen encima… y la luz del nuevo día me sorprende…

Callado, pensativo, huraño y distante… me descubre, con mis ojos cansados, la mirada perdida más allá de las grises paredes, y la mano que sostiene la pluma ya no tiembla… se ha agotado de su ritmo y se ha humedecido… como si llorase silenciosamente por tanta desidia… como si llorase en silencio por tanta congoja… como si se hubiese puesto a llorar después de haber escrito tristezas… sólo tristezas… sólo tristezas…

 

|Carlos Duarte