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El texto de hoy...de autores paivenses
 
 

MI CALLE DE TIERRA, EMPEDRADA...

“Se nos muere la poesía”...; dijo alguien alguna vez... Y sí, están pensando en asfaltar la calle, escuché por ahí...; -se confirma, dijo mi madre; el barrendero de esta mañana se lo dijo... Y me quedé pensando, con la cabeza entre las manos, con la mirada perdida...

Se estrellaron de repente, en la pared de mi recuerdo, mil pensamientos amotinados por salir; imágenes van y vienen en un confuso desorden; nostalgia de los recuerdos de pequeños y también de un pasado reciente, que casi es presente. Todas las edades vieron asar por esa calle de tierra suelta o firme y “mejorada”, después, las moralejas de las historias que cuentan todos los caminos, pero ésta tiene algo particularmente especial: es mi calle, es nuestra calle...

Nació perfecta y espolvoreada, con el color de la canela y la tersura de la maizena; conoció la risa de los niños salpicando en el lodazal arenoso de su terreno después que la lluvia torrencial arreciaba y aún cuando la cascada se descolgaba desde el extremo de la empinada pendiente, bañándose en los veranos calurosos donde se formaban perfectas bañaderas en los grandes cunetones naturales.

Por tiempos y épocas, cuando el calor sofoca, un suave rocío le esparce su aliento fresco y se esmera, desde ruidosos hierros rechinando, el cansado y viejo regador... Se perfuma de inmediato el aire, se eleva vivificante en un reconfortante y empalagador aroma a tierra mojada.

Santa Fe es su nombre y ese retazo de arraigo mide dos cuadras, cortita, es todo lo que le han dejado en libertad por ahora, entre Chacabuco y Juventud (El Club) se libera del oprimente, árido cemento y enviste fértil el recorrido, a semejanza de una calle que conduce a las estancias más coquetas, festoneada de verde pasto y acolchonada con hojas amarillas de temporadas otoñales, las que los vecinos depositan en montañitas sobre la superficie indecisa.

Y en sus veredas, la florescencia de añejas arboledas, cambiando de especies, conforme caducan los ciclos, las que cobijaron nidos de infantes entre sus ramas...

La han maltratado vientos huracanados y la han besado brisas de primaveras y sobre todo, ha soportado el peso demoledor y el estruendo ensordecedor de las máquinas aplanadoras, mecánicas tronchadoras escarbando y aplastando las piedras garrapiñadas, que por imprudentes asoman desde la mustia calzada...

Y ahora, ya ocaso, fue de todo, de la nada; la caminaron de dicha, parejas enamoradas, recibía la sombra que la luna les proyectaba, diversión indiscreta en aquellas madrugadas...

Y si un día la visten de gris,
De suaves jirones de brea planchada,
Guardará bajo su traje de límpida gala,
Las memorias lustradas de una calle de tierra,
Ahora empedrada...

|Liliana Costa