LADRONES DE SUEÑOS
El
añejo reloj de la estación de trenes,
marcaba las veinte horas de aquel día de marzo
de 1993. Raúl llegó presuroso a la gran
sala de espera como lo hacía todos los días,
miró en derredor, intentando hallar a la mujer
que amaba desde hacía tiempo, pero no logró
hacerlo. Se acercó al viejo bar ubicado al
final de la sala, comprobando que tampoco se hallaba
allí.
Un tanto desconcertado y con algo de preocupación,
se encaminó hacia el sector de pasajes, al
mismo tiempo que observaba el cartel luminoso que
indicaba a su tren en horario. Llegó hasta
allí, se inclinó un poco frente a la
diminuta ventana para ver quién lo atendía,
se dio cuenta al instante que no era el que habitualmente
lo hacía...Éste era un señor
mayor, de cuerpo pequeño, grandes y gruesos
anteojos y con un gesto adusto, que ni siquiera levantó
la mirada para devolverle el saludo.
-A Laguna Paiva, por favor...
-¿Ida y vuelta? – Preguntó el
boletero, con voz cortante y sin alzar la vista, como
si no le importase quién estaba del otro lado.
-No. Sólo ida... gracias...
Recién allí, cuando extendía
el pasaje alzó la vista y por sobre sus anteojos
lo miró para preguntarle con algo de sarcasmo:
-¿Está seguro que no quiere ida y vuelta?
Mire que es el último.
Raúl lo observó desorientado, sin entender
aquella pregunta, sólo atinó a mover
la cabeza para contestar con una negativa.
Lentamente comenzó a retirarse del lugar, pero
las palabras de aquel hombre, realmente lo preocuparon.
Se detuvo, giró sobre sus pasos y regresó
a la pequeña ventanilla.
-¿Qué me quiso decir con el último?
¿el último que?
El hombrecillo quitó sus gafas, fregó
sus ojos con sus dedos, volvió a colocárselas
y le clavó la mirada para responderle con algo
de fastidio.
-El último tren a Paiva
-Si... eso ya lo sé. El próximo es mañana
a las cuatro... el obrero ... ¿o no?
Sin quitarle la vista, el otro sólo cerró
la ventanilla de un golpe y siguió con lo suyo.
Con paso cansino y carente de certezas, Raúl
se encaminó hacia uno de los largos andenes,
pensando en los rumores que circulaban, sentía
que no era posible quitarle a los paivenses un pedazo
de su rica historia. A qué gobernante sin escrúpulos
se le ocurriría arrancarles algo tan esencial
para sus vidas.
De pronto, la dulce voz de una mujer, llamándolo,
lo trajo de nuevo a la realidad.
Norma estaba sentada en el primero de los tres coches
de la formación. Tenía veintitrés
años, largos cabellos, ojos color café
y una sonrisa majestuosa. Para él, una belleza
indescriptible, un ser único e irreemplazable,
la amaba más que a nada en la vida y ese día
ella tenía algo importante que decirle. Sentía
mucha ansiedad por aquel encuentro, pero aquella casi
fatídica noticia lo entristeció. Prefirió
olvidarlo por un momento, dado que a ninguno de los
pasajeros parecía importarle demasiado. Se
sentó frente a ella, la besó y se dispuso
a escucharla.
¿Qué tenías que decirme, amor,
que era tan importante?
La mujer comenzó a hablar pausadamente esperando
algo de comprensión y con un dejo de tristeza.
Aquellas palabras fueron como filosos alfileres que
se iban incrustando en el cerebro de Raúl.
En silencio, sólo la escuchaba e intentaba
encontrarle una razonable explicación a la
triste realidad que asistía. Muy por el contrario
a lo que esperaba, ella decidió terminar la
relación y transitar el camino de la vida junto
a otro ser. Como un lapidario y agónico zarpazo,
él sintió que le arrancaban todos sus
sueños, sueños que ella misma había
alimentado con sus promesas de amor. No habría
albores que los sorprendieran juntos, no habría
mágicos crepúsculos que los vieran desandando
senderos, uno al lado del otro, ni existirían
locas travesuras de pequeños hijos en el jardín,
ni besos ni caricias bajo la tenue luz de la luna...
Sintió sus ojos empaparse de viejas nostalgias
y una lágrima furtiva se deslizó sutilmente
por su rostro. En un instante todo se volvió
desolación, oscuridad y desidia. Sintió
morir en aquel sinistro cadalzo de sentenciadas tristezas,
mientras un manto de silencio los envolvía,
aún a pesar del murmullo y del repiquetear
de las ruedas sobre los gastados rieles que consumía
el maldito tiempo que pasó casi como un suspiro.
El acústico sonido de la bocina que emitió
la locomotora, lo devolvió a la dura realidad
y comprobó que el convoy aminoraba su marcha
para detenerse en la legendaria estación de
Laguna Paiva.
Descendió después de ella y allí
todo era igual a todos los días... algunos
pasajeros aguardaban a alguien, otros esperaban abordar
para viajar a la Capital. Los que bajaron, lo hicieron
raudamente para volver a sus hogares. No había
amas de casa, ni ancianos, ni jóvenes, ni niños
mostrando algo en señal de repudio o de protesta...
nada... nadie... sólo se percibía desolación,
desinterés y olvido...
Norma se marchó sin decir nada más y
sin siquiera un gesto de cariño... minutos
después Raúl el tren emprendía
su último recorrido... su último trayecto...
su último viaje...
Raúl se quedó allí en esa ya
desolada estación... la vio partir sin un adiós...
al igual que aquel tren que se alejaba devorando la
distancia...
El miserable destino, en una incomprensible paradoja,
lo había colocado en ese lugar... ese día...
a esa hora...
Ella robó todos sus sueños y no los
recuperaría nunca más, porque no volvería
ya a verla... y aquel tren, en su último viaje,
robó los sueños de todo un pueblo, las
esperanzas de miles de almas y nadie ya se las regresaría...
porque el viejo local... el añorado tren obrero...
ya no volvería más... nunca jamás...
nunca jamás...