DETRÁS
DE LAS AGUAS
Cuando éramos niños y solíamos
pasar nuestras esperadas y amadas vacaciones en la
laguna, siempre, por lo menos a mí, me asombraba
a la vez que me asustaba el paisaje del otro lado
de la laguna.
Quizás, los mayores, para que no nos animáramos
a cruzarla y develar ese aire misterioso que la envolvía
y que a la noche cuando caía el sol nos fuéramos
rápido a dormir, nos contaban historias raras,
increíbles y que a nuestras mentes fértiles
las hacían volar. Recuerdos relatos de aquella
orilla, era con arenas blancas, como la nieve y que
había un silencio que todo lo envolvía.
Contaban, además, que existían hombres
enormes y que si uno iba solo nunca volvía.
Muchas veces, la tentación de llegar hasta
la otra orilla era incontenible; pero, ¿cómo
hacerlo sin que sospechen, sin que nos castiguen?
A veces, cuando este tema se hablaba de noche, solía
soñar y hasta en la madrugada me parecía
sentir pasos y un silbido especial. ¿Era sólo
mi imaginación o era realidad? Una siesta que
nos permitieron quedarnos levantados y abusar del
sol, del agua, de las risas y charlas infinitas, conté
lo que me pasaba por las noches y dos de mis primos
sintieron lo mismo. Los otros dos más grandes
buscaron una excusa o explicación, dijeron:
¡Son caballos!, ¡Son vacas!... sí
Pero nosotros escuchamos un silbido raro, muy extraño.
Las vacas y los caballos no silban... Son siriríes,
son murciélagos. No! Yo estaba segura de que
ese silbido no era de patos, murciélagos u
otro animal, sabía reconocerlo...
¿Entonces quién o quiénes eran?
¿Podrían ser los enormes hombres del
otro lado del agua?
Arriesgando una hipótesis sobre ellos y creyendo
que eran ellos: ¿por qué venían,
qué buscaban, por qué no se hacían
ver? Nunca obtuve una verdadera y justa respuesta.
Pasó el verano, y otro año y así
sucesivamente, pasó mucho tiempo. Hasta que
un día, hablando con un habitante de aquellas
aguas, muy amigo de nuestra familia, y sabiendo que,
casi toda su vida había transcurrido en la
laguna, salió el tema y yo, ansiosa por develar
el misterio de la otra orilla y recordando mi experiencia,
pregunté: -¿Es cierto que hay todavía
gente del otro lado del agua?
Don Antonio, primero dudó y después
dijo: -Sé que existen por lo menos, sé
que hay vida, y que son muy pocos, todos hombres enormes,
que ocasionalmente cruzan la laguna en busca de...
-¿De qué?
- Yo nunca los ví, pero hay quienes cuentan
que buscan niños, que los llevan con ellos
y es como forma de perpetuarse. No son malos, los
crían y así sobreviven.
- Pero, cómo sabe de eso? ¿quién
los vio?
- Y... hay chicos muy pequeños, que al no saber
nadar, se ahogaron.
- Entonces...¿pasa a cualquier hora?
- No, de noche, casi siempre a la madrugada
- ¿Y los niños qué hacen de madrugada?
- Muchos salen a pescar con sus padres y no regresan
a sus casas.
Como el tema estaba muy interesante y cada palabra
me atrapaba más, recordé el silbido:
-Dígame, Don Antonio, ¿sabe si hablan
o se comunican con algún sonido en especial?
Tengo entendido que no hablan porque nadie les ha
enseñado y los niños que según
raptan tampoco saben hablar y no le transmiten sonidos
para que lo hagan.
-Pero sé que hay un extraño y misterioso
lenguaje que es como un silbido... distinto del de
las lechuzas, murciélagos y otros pájaros,
a veces es ensordecedor y muchas veces despierta a
los que vivimos en la Laguna. Pero dicen que son pacíficos
y no quieren que se los vea, ya ves, yo tengo 80 años
y viví por lo menos 60 en la Laguna y nunca
los he visto; pero sí he escuchado su silbido,
me despierta porque es muy fuerte y cuando salgo a
ver, nunca hay nadie, nunca los he visto.
A los pocos meses de esa conversación, Don
Antonio murió y se llevó con él
el secreto de los enormes hombres.
Cada vez que estoy en la Laguna me pregunto y repregunto
¿existirán o no?
Lo curioso es que todos los veranos desaparecen niños
de uno a dos años y yo y mis primos seguimos
escuchando ese silbido que, según Don Antonio,
es su lenguaje...