La
sociedad local fue siendo depositaria, por la acción
de los ferrocarriles y con el paso de los años,
de muchos usos y costumbres que, también
por la acción del tiempo, se fueron perdiendo.
De ellos rescatamos, entre otros:
La
siesta, muy respetada por la familia de
los obreros del riel porque a las 14 el jefe de
la casa retornaba a ella, luego de permanecer por
casi 9 horas dentro del taller, en busca de un almuerzo
tardío, pero fundamentalmente de un descanso
que requería de un silencio hogareño
que terminaba por adueñarse de las polvorientas
calles de tierra del pueblo.
La vianda, una costumbre impuesta
por aquellos hogares que le llevaban la comida a
quienes trabajaban en ese ámbito y qué,
por diversas razones -económicas o de menú-,
no hacían uso del comedor que funcionaba
dentro del mismo.
Las
fondas, locales comerciales que se ubicaron
frente a la entrada principal del taller para atender,
de manera especial al mediodía, a aquellos
que no podían almorzar en sus casas ni recurrir
tampoco a la vianda y que, en los días de
pago, además de saldar sus cuentas con el
propietario, encontraban un justificativo para prolongar
su permanencia en ellas y consumir, junto con la
habitual comida, un poco más de lo que acostumbraba
a beber.
La salida de los operarios que,
al terminar la jornada de trabajo, constituía
todo un espectáculo cuando centenares de
ellos ganaban, con sus clásicos uniformes
azules y como un verdadero rió humano poblado
de voces y silencios, las calles de acceso a la
principal fuente de trabajo que rápidamente
comenzaban a transitar, a pié o montados
en sus rústicas bicicletas, en busca de sus
hogares.
Y allí también estaba el diariero,
parado en un lugar estratégico y conocidos
de memoria por sus clientes, como por los que no
eran, tratando de vender lo suyo, al contado o al
fiado, dependiendo esto último de la cara
y de los antecedentes del comprador.
La espera del tren del norte, una
cita cuidadosamente agendada por la juventud para
encontrarse en la estación que pasó
a formar parte, junto con la plaza principal, de
la tradicional y anhelada "vuelta del perro",
un paseo que religiosamente se cumplía los
días domingo y en el que nacieron muchos
noviazgos que terminaron en otros tantos matrimonios.
La sirena del taller y el silbato de los
trenes. La primera, que con su ulular marcaba,
a las 5,30 y a las 14 horas, el comienzo y el fin
de una jornada laboral para los ferroviarios. El
restante, en cambio, daba cuenta de la partida o
llegada de los trenes de pasajeros o de cargas,
típico sonido que, junto con el anterior,
también servia para darle el último
adiós al compañero fallecido y para
festejar el advenimiento de un nuevo año.
El tren obrero, así llamado
por transportar desde Santa Fe y de estaciones intermedias
a los trabajadores que llegaban a Laguna Paiva para
cumplir con sus funciones en el taller de reparación
de vagones y en Almacenes. Sus horarios eran las
4,15 y las 14,30 hs, con puntos de partida en la
ciudad capital y en esta localidad, respectivamente.
Los trenes locales, que unían
las estaciones Laguna Paiva y Santa Fe con un importante
numero de frecuencia horarias. En ellos viajaban,
además de los propios ferroviarios, sus familiares
que, aprovechando pases y descuentos, se trasladaban
a localidades vecinas para proveerse de carnes y
verduras que compraban a precios más baratos
que en su lugar de residencia.
Los
linyeras o crotos, personajes que llegaban
con cargueros, permanecían un breve tiempo
en el lugar y despertaban la curiosidad de los más
pequeños, pero también los temores
de los mayores ante esos desconocidos en torno de
los cuales se tejían, muchas veces, escabrosas
historias alimentadas por el aspecto desaliñado
de los advenizos y la desconfianza de la gente.